El V Congreso de la Confederación Nacional del Trabajo




Paco Madrid

En 1979 muy pocos conocían la historia del anarquismo en este país, pero fueron muchísimos lo que quisieron sacar provecho de la misma. No es que pretenda afirmar que el conocimiento de la historia nos va a ayudar a resolver algún tipo de problema, en especial los de carácter ideológico, pero sí que tengo la firme convicción de que únicamente rastreando nuestro pasado lejano y el más reciente podremos empezar a comprender lo que sucedió durante los años inmediatamente posteriores a la muerte de Franco y especialmente el bochornoso espectáculo que supuso el desarrollo del V congreso de la CNT.
Una de las principales preguntas que debemos hacernos es la siguiente:

¿En qué momento la CNT se arrogó la ortodoxia del anarquismo?; especialmente si tenemos en cuenta que en el carné confederal que se entregaba a cada afiliado, tras su reconstitución en 1976, se encontraban consignas como esta, “en anarcosindicalismo y el anarquismo organizado se rigen por la ley de mayorías...”, junto a otras muchas de igual o parecido tenor, lo cual es lo más contrario que uno pueda imaginar al espíritu que informa a la ideología anarquista.

Desde la implantación en España de la I Internacional a finales del año 1868 que, como ya es sabido, tomó un carácter antiautoritario, el problema de la organización fue una constante fuente de conflictos, pero al mismo tiempo sirvió de acicate para tratar de encontrar la fórmula que permitiera conseguir la máxima eficacia en la lucha contra el Capital y el Estado. Para el anarquismo el siglo XIX fue, en el plano organizativo, un laboratorio en el que se experimentaron diversas formas de estructurar la organización, tratando en todo momento de conseguir la máxima eficacia con el menor menoscabo a la libertad de los individuos que formaban parte de la misma. Los anarco-colectivistas quisieron edificar una estructura que fuera capaz de sustituir la organización capitalista y transformar la sociedad desde sus cimientos y proporcionarle un contenido anarquista; el problema es que este énfasis en la organización favoreció el desarrollo de una incipiente burocracia que acabó por hacer inútiles sus esfuerzos.

A mediados de la década de los ochenta del siglo XIX, la introducción del anarco-comunismo en España estimuló un nuevo concepto de la organización anarquista que posteriormente daría unos excelentes resultados. Los anarco-comunistas españoles desarrollaron, en las páginas de su semanario Tierra y Libertad, una incipiente teoría de la autoorganización que estaría en la base del desarrollo de los grupos de afinidad anarquista.

Pero lo que nunca hicieron los anarquistas, fueran cuales fuesen sus tendencias, fue sacralizar la organización hasta considerarla más importante que las ideas en las que ésta se sustentaba. Así observamos que la Federación de la Región Española (nombre que adoptó la sección española de la I Internacional), se transformó en la Federación de Trabajadores de la Región Española, recogiendo la experiencia de la anterior organización, sin duda, pero prescindiendo de sus siglas y adoptando otras. Lo mismo sucedería años después cuando se creó la Federación de sociedades obreras de resistencia de la región española.
De hecho, serían estos ensayos organizativos experimentados durante el siglo XIX los que propiciarían nuevos intentos a principios del siglo XX. Las teorías organizativas de los anarco-comunistas estuvieron en la base de la proliferación de los grupos de afinidad anarquista que se extendieron por la práctica totalidad de la geografía española y con la introducción de las teorías del sindicalismo revolucionario provenientes de Francia, se produjo un particular fenómeno simbiótico entre éstas y la peculiar organización de los grupos anarquistas. Esta simbiosis fue la que condujo algunos años más tarde al surgimiento de la CNT y la que le proporcionó su particular estructura organizativa y su eficacia, la cual funcionó admirablemente mientras esta simbiosis se mantuvo sin cambios apreciables.

Ningún historiador ha reparado en esta característica, si exceptuamos la interpretación de José Álvarez Junco, cuando afirmó que "la polémica  anterior [sobre organización] no podía por menos de estar presente en el anarcosindicalismo, como lo prueba lo singular de su organización: su flexibilidad y espontaneísmo como principios, el carácter subrayado constantemente de confederación entre individuos y sociedades adheridas† siempre de abajo arriba , lo reducido de las cuotas† prácticamente voluntarias , la inexistencia de jerarquización, de burocracia, de disciplina ni de más obligación que la solidaridad."† , no obstante no alude en ningún momento a los grupos de afinidad anarquista, sin cuya singularidad organizativa hubiera sido muy difícil conseguirlo.

Por otra parte, en los momentos más críticos de la CNT y del movimiento anarquista, los que vivió entre el II congreso y el inicio de la dictadura de Primo de Rivera, es decir, los años álgidos del pistolerismo patronal, no fue necesario ningún organismo protector de la pureza ideológica del anarcosindicalismo para superar la crisis. Fue la red de grupos anarquistas y sus órganos de prensa los que impidieron que la CNT fuera absorbida por las estructuras autoritarias de los partidos marxistas. Especialmente los semanarios Redención de Alcoy, Espartaco y Nueva Senda de Madrid, con Moisés López y Tomás de La Llave, en coordinación con otros grupos. En efecto, en aquellos años los comités confederales (tanto el nacional, como el regional o local) debían actuar en la más absoluta clandestinidad y si algún miembro era encarcelado era sustituido inmediatamente por otro. Con la caída de los elementos más significativos, jóvenes militantes accedieron a los puestos de máxima responsabilidad. Cuando Evelio Boal† a la sazón secretario del comité nacional† fue detenido en marzo de 1921† se eligió para sustituirle a Andrés Nin. Por idénticos motivos Joaquín Maurín accedió al Comité Regional de Cataluña . Ambos iniciaron a partir de ese momento una política tendente a provocar un giro radical en la trayectoria ideológica de la CNT.

Como en una especie de intuición premonitora, Rafael Vidiella† a pesar de que algunos años después modificó su trayectoria ideológica, siempre conservó una profunda simpatía hacia el anarquismo† escribió sobre los peligros que suponía la ideología autoritaria en el campo abonado del sindicalismo, alimentado por la savia anarquista que tanto había hecho para dotarlo de una orientación espiritual adecuada con sus escuelas racionalistas, bibliotecas, prensa, etc. Aquellos con su disciplina uniformada, con su indiscutible dictadura, amenazaban convertirlo en una fuerza absorbente y tiránica, en donde el látigo ocuparía el lugar del libro. "Presos y perseguidos los anarquistas; clausurados los sindicatos en donde el verbo orientaba a la luz del día; suspendida la prensa en cuyas columnas debatíamos principios morales y filosóficos, se presta a que cualquiera, desde cualquier cuchitril, ensarte y promulgue sus Ukases. Bien claro encarece El Comunista la necesidad de que los pequeños calígulas invadan las organizaciones y hagan sentir el influjo del partido y su dictadura proletaria. A los anarquistas toca, pues, defender su obra de este nuevo peligro, elevando la conducta libertaria de los trabajadores, en contra de todas las tiranías y dictaduras, vengan de donde vinieren." 

¿Cuáles fueron pues las circunstancias que provocaron un cambio casi imperceptible que finalmente destruiría casi completamente la interrelación entre la CNT y los grupos de afinidad anarquista?
Probablemente concurrieron factores de muy diversa índole, pero en mi opinión el más importante fue la supuesta eficacia del bolchevismo. Efectivamente, la revolución rusa significó un fuerte impacto en todos los movimientos revolucionarios y el anarquismo español no podía escapar a esta nefasta influencia; de manera gradual se fue tendiendo hacia un incipiente centralismo que acabaría por desbaratar todos los esfuerzos que hasta entonces se habían hecho en la consecución de una organización eficiente, autónoma y federalista. La culminación de dicho proceso sería la plataforma de organización elaborada por Néstor Makno y Pietro Archinoff y conocida como Plataforma Archinoff.

La reconstrucción de la CNT tras la muerte del dictador era inevitable dada su trayectoria histórica y el prestigio que tenía entre amplios sectores del movimiento obrero y revolucionario; pero al mismo tiempo era también inevitable que resurgieran los viejos conflictos no resueltos, entre ellos algunas graves anomalías que no dejarían de producir efectos muy negativos en el proceso de reconstrucción. Entre estas anomalías, una de las más significativas fue el hecho de que el exilio anarquista y anarcosindicalista se constituyera como una regional más dentro del organigrama de la CNT, lo cual rompía una de las bases más firmes de sustentación del anarcosindicalismo (el internacionalismo) y generaba una situación de conflictos de imposible solución.

Si, como antes he afirmado, la reconstrucción de la CNT era inevitable, ésta no podía contar con el apoyo de los distintos grupos anarquistas que actuaban en muchas localidades, porque la mayoría de estos grupos se encontraban necesariamente bajo sospecha. De ese modo, en lugar de una fructífera simbiosis, se produjo una caza de brujas en el seno de la organización que generó el necesario confusionismo para que se llegara al V congreso con una CNT fraccionada en numerosos grupos de presión. A todo esto se añadía, por otra parte, un orden del día insólito, completamente inabarcable y por ende incoherente que acabó con las últimas posibilidades de dar un giro favorable a la situación creada.

En enero de 1920, pocas semanas después de finalizadas las sesiones del II congreso de la CNT (celebrado en el teatro de la Comedia de Madrid), el escritor y periodista Ángel Samblancat, republicano filo anarquista, publicó, en el diario España Nueva de Madrid, una serie de breves semblanzas de algunos de los personajes más significativos que tomaron parte en las deliberaciones del congreso, Ángel Pestaña, Manuel Buenacasa, Salvador Seguí, Eleuterio Quintanilla, Eusebio Carbó, etc., con el epígrafe común de “Figuras del Congreso Rojo”. El periodista, con su peculiar prosa llena de matices poéticos, ponía de relieve el enorme potencial ético de la CNT que la había convertido en la más poderosa organización del momento. Si ahora se hiciera lo mismo con las figuras más relevantes del V Congreso podríamos calibrar perfectamente el enorme abismo que se había abierto; este es en definitiva el cambio, porque las organizaciones están formadas por personas y son éstas las que le imprimen, en última instancia, su carácter.

Probablemente muchos militantes anarcosindicalistas, aun sabiendo de antemano el resultado del congreso, confiaban en que la fractura diera lugar al surgimiento de una nueva forma organizativa más acorde con los tiempos, pero lo único que se produjo fue un astillamiento de la organización que laceró aún más si cabe el cuerpo herido del anarquismo.

Por qué los Anarquistas perdieron la Revolución Española




Respuesta a la Tradición Revolucionaria Anarquista

Nota del Traductor: Artículo escrito por Wayne Price en la revista anarquista norteamericana Love and Rage (Amor y Rabia) en respuesta al artículo escrito previamente por Christopher Day "La Tradición Revolucionaria Anarquista" (http://www.anarkismo.net/article/12552) En él se hacen precisiones importantes ante los problemas de la democracia, defensa de la revolución y estrategia libertaria en base a las lecciones de la Revolución Española. Esta discusión sigue siendo tan relevante hoy como entonces.


POR QUÉ LOS ANARQUISTAS PERDIERON LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA
Respuesta a la Tradición Revolucionaria Anarquista


El artículo de Chris Day “La Tradición Revolucionaria Anarquista”, se refiere a la corriente pro-organizativa en la historia del anarquismo revolucionario. Remarca que ha habido anarquistas que han defendido una mayor coherencia organizativa y un pensamiento teórico y estratégico de mayor seriedad en el movimiento anarquista. En general, concuerdo con él (pese a que ningunea a Malatesta, el gran anarquista revolucionario pro-organización, del cual se puede aprender mucho). Esta es una posición mucho mejor que, por ejemplo, llamar a abandonar el anarquismo en favor de una nueva síntesis dominada por el marxismo. Sin embargo, cuando se propugna por mayor estructura y teoría organizativa, es posible descarriarse y terminar defendiendo un programa autoritario y dictatorial. El peligro de esto, aparece en la discusión de Chris sobre la derrota de los anarquistas en la Revolución/Guerra Civil de España en 1936-39.
LA REVOLUCIÓN ESPAÑOLA
Como dice Chris, en 1936 las fuerzas armadas españolas y los fascistas, liderados por Franco, intentaron tomar el poder mediante un golpe bien planificado. Buscaban derrocar al gobierno del Frente Popular, una coalición administrativa de liberales burgueses y de social-reformistas. Sin casi ayuda del Frente Popular, los obreros se organizaron y derrotaron a los militares en dos tercios de España. En ese momento, los anarquistas (organizados en la FAI) dirigían una federación sindical (la CNT) que agrupaba a la mitad de la clase obrera española y a la mayoría de los obreros en Cataluña –la región más industrializada de España- y tenían gran arraigo en el campesinado. Bajo la inspiración anarquista, los trabajadores se tomaron las fábricas y otras empresas, dirigiéndolas democráticamente. Los campesinos voluntariamente colectivizaron sus tierras. El transporte y las comunicaciones fueron echados a andar por comités obreros. La policía fue reemplazada por patrullas obreras. Gran parte de las fuerzas armadas fueron dirigidas por anarquistas.
Pese a todo esto, los anarquistas terminaron por perder la lucha en contra del fascismo. Abandonaron todos sus principios, uniéndose al gobierno capitalista (incluso llegando a ocupar el Ministerio de Justicia). ¿Cómo es que esto ocurrió?
Como dice Chris, ocurrió un vuelco tempranamente en la Guerra Civil. Luego de inicialmente aplastar a los fascistas en Cataluña, dos dirigentes anarquistas se reunieron con el (impotente) presidente del gobierno regional. Él ofreció su renuncia, pero ofreció, como alternativa, la colaboración. García Oliver, uno de esos anarquistas, explica por qué eligieron la colaboración con el Estado capitalista. “La CNT y la FAI optaron por la colaboración y la democracia, renunciando al totalitarismo revolucionario que hubiera terminado por estrangular la revolución con una dictadura anarquista y confederal (ed., de la CNT)… (eligiendo) entre el Comunismo Libertario, que significaba la dictadura anarquista, y la democracia, que significaba colaboración”.

Entonces, estos dirigentes anarquistas veían tan sólo dos alternativas: (1). La FAI-CNT toma el poder para sí. Pero la FAI era una minoría aún dentro de la CNT; probablemente, la mayoría de los sindicalistas de CNT no eran anarquistas. Había muchos obreros y otros, que no concordaban con el conjunto de las políticas de FAI-CNT. En el resto del país, la mitad de la clase trabajadora se organizaba en el sindicato de los social-reformistas (UGT) y otros no se hallaban sindicalizados.
Consecuentemente, si la FAI derrocaba al Estado y se establecía como mandataria, el resultado hubiera sido una dictadura uni-partidista. Hasta ahora, la lógica en este escenario parece ser la correcta. (2). Trabajar conjuntamente con todas las otras fuerzas anti-fascistas, incluyendo no sólo a los social-reformistas, sino también a diversos partidos capitalistas y aceptando la existente hegemonía del Estado capitalista-liberal. Esto los inició en un camino que les llevaría a los ministros anarquistas en un gobierno capitalista, la derrota de la revolución, y la victoria del fascismo en España (poco antes de comenzar la Segunda Guerra Mundial).
Chris señala que los anarquistas debieron tomar la primera alternativa, pese a que el “apoyo a la CNT no era universal”. Pero los anarquistas estuvieron en lo correcto en este punto: la toma del poder por parte de la FAI-CNT, hubiera creado “totalitarismo revolucionario (y) dictadura anarquista”.
Sin embargo, había una tercera alternativa. Podrían haber llamado a la federación de comités populares y juntas: los comités de fábrica, los pueblos campesinos colectivizados, comités de soldados, patrullas obreras, etc. Federados juntos, éstos se hubieran transformado en un poder alternativo al gobierno catalán –y, extendiéndose nacionalmente, al Estado español-, en una situación de poder dual. Tal estructura federativa, podría haber derrocado al Estado e impulsado una guerra revolucionaria en contra de Franco sin crear una dictadura partidista-estatal.
Esto hubiera sido más democrático que el Estado liberal. Las diferentes tendencias políticas habrían estado representadas de acuerdo a cuán populares eran realmente entre los oprimidos. Los partidos capitalistas habrían tenido representación sólo acorde a su respaldo entre los oprimidos. Las coaliciones (entre anarquistas y social-reformistas) se hubieran basado en el balance real de fuerzas. En la medida en que el pueblo obrero se radicalizaba, sus representantes regionales y nacionales se harían más revolucionarios.

Este programa de una federación de concejos fue sustentado durante la Revolución Española por León Trotsky y sus escasos seguidores españoles. Es cierto que la defensa de Trotsky de los concejos era puramente instrumental –como una herramienta para derrocar al Estado existente, no como la base para una nueva sociedad. Sabemos, por la experiencia de la Revolución Rusa, que él era un entusiasta censurador de los partidos socialistas no bolcheviques en los soviets (concejos) y partidario de transformar a los soviets en meros títeres del partido bolchevique. Pero esto no excusa a los anarquistas de su fracaso en levantar el programa de una federación de concejos como un poder alternativo.
LOS AMIGOS DE DURRUTI
Chris repite el mismo error cuando se refiere a los Amigos de Durruti. Este fue un reagrupamiento de verdaderos anarquistas revolucionarios, en oposición al liderazgo de FAI-CNT. Chris resume su posición: “Los Amigos de Durruti, además, proponían la creación de una Junta Revolucionaria compuesta por ellos mismos y otros grupos opuestos a la participación en el gobierno republicano”. Esto quiere decir, según él, que defendían el gobierno de su organización. En absoluto es éste el caso.

En realidad, proponían un concejo nacional elegido por trabajadores desde sus sindicatos y organizaciones de masas. Su programa, “Hacia una Nueva Revolución”, dice: “Constitución de una Junta Revolucionaria o Consejo Nacional de Defensa… los miembros de la Junta Revolucionaria se elegirán democráticamente en los organismos sindicales”. Esto es similar al programa de concejos obreros y campesinos (si bien no tanto, ya que requería el trabajo a través de las estructuras sindicales existentes). Por cierto, querían ser elegidos ellos mismos y otros afines para el concejo nacional, pero lo que proponían era una estructura democrática popular, no un Estado-partidista. Desafortunadamente, era ya demasiado tarde para salvar la Revolución Española.
LECCIONES PARA LOS ANARQUISTAS
En múltiples ocasiones, las revoluciones han parido concejos populares y estructuras similares, para luego ser destruidas por los “líderes” revolucionarios. Hoy en día, los radicales están divididos entre los social-reformistas (quienes creen que la “democracia” requiere que apoyen los Estados burocrático-militares existentes y al imperialismo occidental), y los “revolucionarios” (mayoritariamente Maoístas, Castristas, o nacionalistas), que desean genuinamente derrocar a los Estados existentes –a fin de reemplazarlos por Estados-partido totalitarios. Visualizan a sus respectivos partidos como el nuevo Estado. El anarquismo (o socialismo anti-autoritario), con todos sus problemas, es único en el sentido que posiciona la auto-organización de los oprimidos en el centro de su programa –el centro tanto de su fin último, como de los medios para alcanzar tal fin.

En el curso de una revolución, será necesario un cierto nivel de centralización y represión (a los contrarrevolucionarios declarados), tal es el punto del artículo de Chris. Pero los anti-autoritarios deben usar conscientemente tanta centralización y represión como sea necesario, mientras deben deliberadamente trabajar por mantener las organizaciones comunales tan descentralizadas y radicalmente democráticas como sea posible. Cómo mantener exactamente este equilibrio es un asunto de juicio político, pero no debemos ser ambiguos en nuestra oposición a los Estados-partidistas.
Wayne Price
 (Publicado en Love and Rage, Octubre/Noviembre de 1996)
Traducción de José Antonio Gutiérrez D.

Anarquismo teórico e ideología anarquista / Miguel Amorós

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“Si la reflexión, el sentimiento o cualquier otro aspecto que adopte la conciencia subjetiva, juzga como algo vano lo existente, va más lejos que él y trata de conocerlo así, entonces se reencuentra en el vacío, y, puesto que sólo en el presente hay realidad, la conciencia resulta únicamente vanidad.” Hegel, Filosofía del Derecho


Las derrotas son propicias a los inventarios con sus inevitables conclusiones; el pájaro de Minerva emprende el vuelo a la medianoche, pero no es menos cierto que a causa de sus heridas no siempre se eleva lo suficiente para posarse avizor en las ramas más altas, y a menudo queda a ras de suelo, debatiéndose entre las malas hierbas. Las condiciones de los derrotados, la desmoralización profunda de la derrota, las esperanzas imposibles fomentadas por un instinto de supervivencia exasperado, contaminan la reflexion e impiden que tome la necesaria distancia con los hechos que juzga para concluir objetivamente y sugerir una nueva conducta histórica. Algo así pasó con el anarquismo español después de 1939. En el exilio y en la cárcel de los años cuarenta se debatía ante la misma encrucijada que medio siglo antes se había presentado a la socialdemocracia: reforma o revolución. Una parte –y no la menor—opinaba que el anarquismo había procedido desde siempre de forma negativa, y que había llegado el momento de preocuparse por creaciones positivas y a corto plazo, aunque fueran de poca monta, lo que de algún modo significaba un radical cambio de rumbo. La acción debía de orientarse no hacia el choque frontal contra la dominación sino hacia la colaboración política y económica con sus instituciones, tal como se había hecho durante la guerra civil revolucionaria y se continuaba haciendo en el exilio seis años después. La acción no tenía que arrebatar su espacio a la burguesía sino penetrar y desenvolverse en su territorio. Según la alternativa reformista, el anarquismo era aceptable como idea pero no como método, bueno como “filosofía de vida”, no como praxis basada en la “aprehensión de lo presente y de lo real”: un ideal abstracto separado de la prosaica actividad cotidiana y acompañándola sólo en tanto que quimera decorativa. Como si los ideales fuesen “demasiado excelentes para gozar de realidad o también demasiado impotentes para proporcionársela” y debieran limitarse “a deber ser sólo y a no serlo efectivamente” (Hegel). Pero el problema para los revisionistas no era habérselas con “la idea”, sino habérselas con la realidad. Y si en el contexto difícil de la posguerra el anarquismo revolucionario tenía muy pocas posibilidades de ejercitarse cuando en el país sólo se pensaba en sobrevivir, tampoco el revisionismo tenía demasiado espacio, por lo que no se materializó más que en inútiles compromisos con las instituciones inoperantes del exilio o con el pretendiente al trono, en programas políticos que perseguían, bien la constitución burguesa de 1931, bien la monarquía parlamentaria, y en diversos proyectos de partido, aunque hubo quienes llevaron su lógica hasta el fin, colaborando con el régimen de Franco.


En el bando contrario, se afirmaba que la colaboración institucional había sido obra de circunstancias excepcionales y había resultado un completo fracaso, contribuyendo al desastre final. Tanto mejor hubiera valido el apoliticismo aun al precio de quedar aíslado, puesto que perdidos por perdidos, se hubiera caído con honor, en defensa de sus ideas, no en defensa del Estado. Se imponía una restauración de los “principios, tácticas y finalidades” del movimiento libertario para luchar por la vuelta a “las conquistas del 19 de julio”. La fracción “purista”, tan comprometida como la otra en la política republicana, evitaba entrar en detalles sobre las verdaderas motivaciones de ese giro de ciento ochenta grados en su conducta orgánica, ni precisar cómo volverían aquellas conquistas, o cómo se restaurarían aquellos principios. Ni una palabra sobre cómo funcionarían los sindicatos únicos en la clandestinidad de un régimen totalitario, ni sobre cómo se llevarían a cabo la acción directa, la lucha antiestatal y la insurrección revolucionaria contra el franquismo. Ni la neoortodoxia se sentía dispuesta a repasar críticamente su trayectoria política y militar durante la guerra civil, ni a descender a la atroz realidad de la dictadura. Para los “puros” la acción no parecía constituir un problema, puesto que no era cuestión de salvar la vida a nadie ni de conquistar realmente nada, sino de escudarse en los principios, arsenal bien repleto de donde extaer todas las justificaciones posibles. Si los principios quedaban anonadados por la realidad, tanto peor para la realidad. Por ese camino el anarquismo solamente se concretaba en retórica, inhibición e inmovilismo, y a lo sumo, en alguna aventura insensata. Si en el revisionismo la acción se volvía más y más repelente, en el purismo se evaporaba. En uno la idea se transformaba en paisaje de la política burguesa; en el otro, ascendía al cielo de las causas perdidas. Para unos, el anarquismo formaba parte de una especie de moral privada con que afrontar de una forma u otra la ramplonería de la cotidianidad política; para los otros, constituía una fe con la que consolarse de los males de la tierra, un credo a defender de sus judas con patriotismo de campanario. En ambos casos, una ideología.

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El anarquismo dejaba entonces de ser la expresión intelectual del sector más avanzado del movimiento obrero en la península, un producto de la lucha de clases y una teoría de esa lucha. Y no lo era porque su contenido no era ya la realidad --en aquel momento, la realidad de la derrota, del retroceso y de la aniquilación del movimiento obrero. Ya no necesitaba comprender la realidad en su amarga involución manifiesta, para encontrar la manera de actuar en ella y así transformarla conforme a sus fines aplicando sus métodos específicos. El anarquismo desaparecía como fuerza material para volverse etiqueta, catecismo, gueto. Un ente mitad iglesia, mitad partido. Dejaba de ser pues una idea fundida con una práctica que no la contradecía sino que la desarrollaba, una crítica social enraizada en las condiciones materiales de existencia del proletariado, para devenir algo trivial, accidental, contingente, y por consiguiente, propiamente irreal. Una utopía, un sueño, una ilusión, algo que no podía servir a los intereses generales de clase.


La diferencia primera entre el anarquismo teórico –entre la reflexión desde el anarquismo-- y la ideología anarquista, reside en la separación entre idea y práctica, fines y medios, conciencia y acción. La ideología es a la vez el poder separado de las ideas y las ideas del poder separado. En el caso español, las ideas eran “los principios” o “las circunstancias” según se mirase, y el poder separado era la Organización y sus Plenos, la rutina burocrática con mayúsculas. La segunda, yace en la confusión de la parte con el todo, del momento con el proceso, de las cuestiones tácticas con las líneas estratégicas, como demostrarían por ejemplo las ideologías municipalista, primitivista o insurreccionalista. El concepto de ideología deriva del concepto de religión, materia cuya crítica los jóvenes hegelianos hicieron “la condición primera de cualquier crítica”. La religión, como la ideología en general, es la conciencia invertida del mundo. El mundo de la ideología es un mundo visto del revés, al que hay que volver cabeza arriba para comprenderlo. La realidad, la verdad de este mundo, hay que encontrarla en la vida material concreta, en la acción humana transformadora; en concreto, en el trabajo, no fuera de él. Marx, en su juventud, llamó ideología a todo lo que no fueran fuerzas productivas, a todo lo que transcurría al margen de la economía y no reconocía un origen económico. La ideología estaba formada por fantasías con las que los seres humanos, en una sociedad insuficientemente desarrollada, explicaban sus fuerzas esenciales, su potencialidad. Nacía de la insatisfacción de una praxis limitada, debida a que el progreso tecnoeconómico todavía no había alcanzado la totalidad de los aspectos de la vida. De acuerdo con el punto de vista marxista, la ideología tendería a desaparecer con un desarrollo pleno de las fuerzas productivas, es decir, con el desarrollo de la fuerza principal, el proletariado, cuyas condiciones objetivas de vida impondrían un realismo liquidador de las fantasmagorías que alejaban a los obreros de su vida auténtica. La disolución de los prejuicios ideológicos eran para el obrero una exigencia de su realidad inmediata. Prolongando este razonamiento, algunos discípulos de Marx (Plejanov, Rosa Luxemburg, Maurín) caracterizaron al anarquismo de ideología típica de un proletariado insuficientemente desarrollado. Resulta harto fácil ver la ingenuidad que recorre tal razonamiento, pues es mas verdad que la generalización de la condición proletaria lleva emparejado un desarrollo supremo de la ideología. El mundo de la mercancía y de la técnica autónoma es el mundo completamente al revés. La experiencia del movimiento obrero bastaría para demostrar la pervivencia de la ideología, la impostura de representaciones falsas que los burócratas elevaban con facilidad por encima de la vida proletarizada. La crítica de la ideología pudo completarse gracias al psicoanálisis, que logró relacionarla con diversas formas de degradación de la personalidad como la neurosis caracterial, la esquizofrenia y la falsa conciencia en general, explicando fenómenos ideológicos como el racismo, el autoritarismo o el militantismo. En momentos y periodos determinados, cuando eran muestras vivas de un pensamiento emancipador, una reflexión por decirlo en palabras de Proudhon que salía de la acción y volvía a la acción, en resumen, cuando eran revolucionarios, el marxismo y el anarquismo proporcionaron al proletariado un conocimiento suficiente de la sociedad y lo mantuvieron fuera de la política burguesa, permitiéndole hacer historia. Por otra parte, las creaciones revolucionarias de los trabajadores, los comités de fábrica, los sindicatos únicos o los consejos obreros, fueron lugares de encuentro entre las ideas abstractas y la práctica concreta, el espacio donde dichas teorías devenían realmente obreras y los obreros, teóricos. En otros momentos y otros periodos, cuando tanto el socialismo como el anarquismo se convirtieron en ideologías para servir a fines espurios, los propios de una burocracia parásita o de un comportamiento evasivo y sumiso, fueron responsables del oscurecimiento de su conciencia de clase y de los falsos derroteros de su conducta. Y así pues, hoy en dia la crítica de la ideología, la religión secularizada, continúa siendo la condición primera de toda crítica.

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En el apogeo del capitalismo fordista, preguntarse por la validez de las enseñanzas de Proudhon, Bakunin, Kropotkin, Reclus o Malatesta tenía poco sentido. Ninguno pudo conocer hasta qué punto eran estrechas las relaciones que existían entre el desarrollo de las fuerzas productivas, la colonización de la vida cotidiana y la contrarrevolución. Los teóricos anarquistas habían de ser considerados simplemente como parte de la cohorte de precursores, fundadores y continuadores del pensamiento socialista revolucionario, igual que Marx, Engels, Rosa Luxemburg, Pannekoek, Reich, Benjamin o Fourier, por citar sólo a unos cuantos. Especialmente criticables en el viejo anarquismo serían la confianza excesiva en la espontaneidad insurreccional de las masas proletarias y campesinas, sus oscilaciones entre las tácticas ultralegalistas y la propaganda por el hecho o las expropiaciones, su incapacidad para las alianzas con otros sectores obreros, la permanente tentación política, la falta de estrategia clara, el confusionismo organizativo, etc. Cualquier tentativa de restablecer una doctrina anarquista –un sistema-- con retazos de ideas descontextualizadas no sería más que una utopía reaccionaria. Sin embargo, determinados elementos del anarquismo conservan su eficacia subversiva y su negatividad, pudiendo aplicarse aun cuando las condiciones sociales hayan cambiado y las circunstancias sean otras. Tal la crítica del Estado y del parlamentarismo, de los partidos y de la ciencia, sin olvidar su amor a la libertad y sus aportaciones a la pedagogía, la medicina social y la sexología. Durante la Revolución española alcanzó sus mayores cotas de realización, pero la derrota transformó sus postulados teórico prácticos en ideología.


En los años sesenta ningún revolucionario sincero podía abstenerse de criticar la ideología anarquista y sus representantes. La reconstrucción de un pensamiento radical y una acción revolucionaria pasaba por una ruptura con ese mundo. A eso he llamado crítica anarquista del anarquismo real, aunque hubiera sido mejor llamarlo irreal, es decir, ideológico, puesto que sólo lo racional es propiamente real. Critica de entrada eminentemente negativa y que abarcaba la Revolución del 36. En efecto, los años sesenta conocieron el auge de un irrespetuoso anarquismo que inmediatamente entró en conflicto tanto con la izquierda tradicional como con los guardianes del templo de la anarquía. Dicha crítica debía afrontar problemas nuevos que emanaban de las condiciones de vida en un capitalismo tardío y que en vano esclarecería limitándose a los textos clásicos: las luchas anticoloniales, el maoismo, la revuelta húngara, la autogestión, la integración del arte, la cultura de masas, las armas nucleares, la polución y destrucción de los entornos naturales, el urbanismo concentracionario, el papel de las tecnologías y la automatización, el del automóvil, la sociedad de consumo, la represión sexual, la emancipación de la mujer, la cuestión de la violencia, etc. La inmensidad de la tarea crítica debutaría con los intentos de reconciliar a Marx con Bakunin, o sea, de utilizar el análisis marxista desde posiciones antiautoritarias, formulación demasiado simplista, fácil de acabar en una ideología marxista libertaria estilo Guérin o Rubel. Hacían falta una puesta al día en la subversión y una nueva crítica de la política, y por lo tanto, muchas otras lecturas, --en el campo de la sociología, la filosofía, la antropología, la historiografía, el arte, etc.-- pero, por encima de todo, hacía falta aprender a vivir intensamente. Se trataba de reafirmar la lucha de clases, primero, denunciando la función policial de los sindicatos y partidos ante las nuevas formas de acción (absentismo, huelgas salvajes, sabotajes, sustracción de material) y de organización (comités, asambleas, piquetes, coordinadoras, consejos). Segundo, ampliando su radio de acción al terreno de la vida cotidiana (luchas de barrio, rechazo del trabajo, de la familia, de la religión y del servicio militar, expropiación de fotocopiadoras, comida o libros, contracultura, rock, maría, subjetividad, aventuras, squatters, comunas). La labor teórica de la Internacional Situacionista fue la primera (y la única) crítica global moderna de la sociedad de clases, pronto confirmada por una serie de revueltas, a saber, la de los provos holandeses, el zengakuren, la revuelta de los negros americanos, el mayo francés, la revolución abortada de los obreros y soldados en Portugal y el movimiento italiano del 77. No podemos decir que fuese completa, pues no era el resultado de todos los esfuerzos teóricos precedentes y por lo tanto no contenía los principios de todos ellos, puesto que ignoraba algunos temas fundamentales como la crítica de la razón instrumental o la cuestión ecológica, por no hablar de su crítica superficial del anarquismo, pero fue la más desarrollada y concreta. En todas partes se manifestaba el mismo espíritu antiautoritario, la misma exigencia profunda de libertad, el mismo proyecto de reconstrucción apasionada de la vida social que la I.S. captó mejor que nadie. Y un poco en todas partes el capitalismo hubo de emplearse a fondo y renovarse rápidamente de pies a cabeza, a menudo utilizando los argumentos y las armas del contrario.

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En los países donde subsistían restos de tradición obrera anarquista, el anarquismo que brotaba como respuesta espontánea y en gran parte emotiva a las nuevas servidumbres impuestas por el capitalismo, se dio de bruces con los muros de la ideología y la ira de sus defensores. No era un conflicto generacional, era un reflejo de la nueva lucha de clases. En las condiciones dominantes modernas, el gueto ideológico y sus viejas costumbres habían pasado a formar parte del capitalismo en tanto que ruinas inofensivas: era algo que tenía que morir para que las nuevas generaciones revolucionarias viviesen. Lo que aproximaba el gueto anarquista a los valores dominantes era mayor que lo que le separaba de los nuevos rebeldes, por eso se distinguía tan poco del entorno político y encontraba en él tan fácil acomodo. Ha sido común señalar desvergonzadamente el papel jugado por los anarquistas “en defensa de las libertades” o en la consolidación de “la democracia”. La ironía de la historia mostraba a unos viejos libertarios satisfechos de estrechar filas al lado de la burguesía. En España, donde la mencionada tradición fue mayor que en ninguna otra parte y donde la represión de la dictadura había mantenido congeladas las contradicciones de la ideología, la bronca entre antiguos y modernos –y entre ortodoxos y revisionistas-- adquirió visos de batalla campal.


El “relanzamiento” de la CNT tuvo lugar en 1976 fuera de las fábricas, es decir, al margen del movimiento obrero. No fue por consiguiente una emanación de la renaciente lucha de clases, sino el producto de una serie de reuniones entre grupos heterogéneos ajenos a las asambleas de huelguistas y con un denominador común: contruir una central sindical que disputase a Comisiones Obreras un espacio en la representación separada de la clase. La presencia de organizaciones como Solidaridad y la admisión de cincopuntistas y otras basuras verticales indicaba claramente que el tipo de sindicalismo perseguido no iba a diferenciarse mucho de las demás opciones. Coherentemente con esos planteamientos, los relanzadores no se preocuparon de las disyuntivas cruciales del movimiento asambleario de los trabajadores; más bien plantaron el chiringuito, o sea, una estructura burocrática suficiente (los Comités regionales, el nacional, el secretariado permanente, el carnet confederal, los plenos) y buscaron la alianza con la UGT y la USO para repartirse el pastel que CCOO trataba de guardar para sí: el control del mercado laboral. Las demandas de “libertad sindical” y desmantelamiento de la CNS, y el debate sobre su legalización, marcaron la primera etapa de la CNT reconstruida. Ésta no sólo ignoró las posibilidades revolucionarias presentes que se iban evaporando a falta de avances en la clarificación y la acción, sino que contribuyó a darle la puntilla al movimiento de las asambleas adhiriéndose de jure o de facto al llamamiento de la COS a la huelga general del 12 de noviembre, que marcó el punto final de las movilizaciones autónomas y el comienzo de la contraofensiva sindicalera a toda regla. Sin embargo, el fracaso de la autoorganización de los trabajadores --la transformación fustrada de las asambleas en consejos obreros-- atrajo hacia la CNT a muchos luchadores que no aceptaban el sindicalismo burocrático y claudicante que se les venía encima, con la vana esperanza de hallar en ella unas estructuras horizontales de apoyo y un espíritu antiautoritario con que seguir combatiendo. La imagen de lo que la CNT había sido podía sobre su pobre realidad. También se acogieron a ella muchos jóvenes desinteresados en los conflictos laborales, que deseaban una CNT no sindical, sino “integral”, es decir, una organización “global” entregada a todas las cuestiones sociales y militando en todos los frentes abiertos contra el capitalismo. Finalmente, a lo largo de 1977, ingresaron toda una serie de grupúsculos obreristas “pro autonomía” nacidos al calor de las asambleas o en paralelo a las mismas, demasiado confusos e incapaces para tener casa propia, y por lo tanto, inclinados a incubar sus huevos en la ajena. Veían en el sindicalismo aún virgen de la CNT al “germen” de la “autonomía obrera”, una ideología criptoleninista de origen italiano; tan cierto es que los enemigos de la autonomía proletaria se disfrazan de ésta para mejor combatirla. Entre unas cosas y otras, el crecimiento de la CNT a partir de enero del 77 fue imparable, la asistencia a sus mitines y jornadas, multitudinaria, las publicaciones de carácter libertario, numerosas, y el triunfalismo de sus burócratas, exultante. En año y medio la afiliación había subido de unos pocos miles a 129000. Llegarían a sobrepasar los 250000 en 1978. La preocupación del partido del orden (la patronal, los demás sindicatos y el Estado) era seria, puesto que en vísperas de los acuerdos de la Moncloa, el Pleno Nacional de septiembre había proclamado la asamblea como único organismo soberano y decisivo. Según la ponencia sobre la cuestión, el sindicato debía limitarse al apoyo y solidaridad con las huelgas, no a la mediación. La CNT no debía interponerse entre la patronal y los obreros, sino diluirse en las asambleas. No obstante, los dirigentes del orden establecido se tranquilizarían rápidamente, ya que la victoria de los asamblearios fue pírrica pues acarreó el contraataque de las facciones sindicalistas y de las ortodoxas --las adscritas a las formas de la ideología durante la República--, intensificándose una lucha por el poder que, empezando en el secretariado, abarcó todos los niveles, desde los diversos comités a las juntas de los sindicatos.

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Los Pactos de la Moncloa priorizaban un tipo de sindicalismo de “concertación” que excluía cualquier acción directa y proscribía toda generalización de las luchas, dos de los pocos puntos en los que casi todos los cenetistas estaban de acuerdo. Consecuentes con ello, los denunciaron y boicotearon las elecciones sindicales, aunque muchos afiliados se presentaron como “independientes” y salieron elegidos. De todas formas, la abstención fue considerable, pero a UGT y CCOO les bastó poco más de un 10% de los sufragios para ser representativos ante la patronal y el gobierno. La CNT se jugaba el tipo si no superaba mediante movilizaciones su marginación de los comités de empresa y de las negociaciones de los convenios. Pero a esas alturas –enero de 1978- el movimiento obrero asambleario se batía a la defensiva y las fórmulas mixtas de comités de representantes de asamblea-sindicalistas, o comités sindicales refrendados por asambleas, substituían a las formas anteriores de democracia directa. La CNT no podía contar con el empuje de los trabajadores, ya terminado, con el añadido de que, a pesar de la creciente afiliación, como central no había encabezado todavía ninguna huelga importante, no se había estrenado. Por otra parte, su poder de convocatoria ya no era el de las Jornadas Libertarias; a la manifestación contra los Pactos de la Moncloa en Barcelona acudieron sólo diez mil personas, a pesar de multiplicar por cuatro esa cifra el número de afiliados en aquella ciudad. Y ese mismo día (el 15 de enero de 1978 ), ocurrió la provocación policial del Scala. A las disputas en torno al asambleismo y la organización integral se añadieron nuevas confrontaciones, esta vez acerca de las elecciones sindicales, de las acciones violentas de minorías y de la presencia de grupos armados que comprometían a la Organización. Las luchas por el poder entre las diferentes tendencias y personajes arreciaron al punto de tener que trasladarse el secretariado permanente de Madrid a Barcelona (abril de 1978 ). Desde entonces será una constante que los secretarios aprovechen los cargos para formar su propia fracción y competir con las demás. Confirmando una constante dada en los periodos contrarrevolucionarios, los cargos más relevantes iban siendo ocupados por los personajes más impresentables. Mientras tanto, se desvanecían las huelgas asamblearias e iban menguando dentro de la organización los asambleistas y los “integrales”, adquiriendo en cambio nuevos bríos los partidarios de un sindicalismo moderado y de la participación electoral, en su mayoría antiguos “autónomos”, pasados al revisionismo antianarquista con armas y bagajes. Gracias al sistema de plenos en los que sólo participaban los cargos sin tener en cuenta las asambleas de militantes ni el número de afiliados representados, los ortodoxos, bautizados por sus enemigos como el “Exilio-FAI” o como “los históricos”, dominaron la Organización. Todavía la revista Ajoblanco tiraba en junio 150000 ejemplares, indicio de la existencia de una notoria sensibilidad libertaria, aunque fuera muy pasada por agua, pero la afiliación descendía en picado. La huelga de las gasolineras fue la primera y la última dirigida por la CNT, y con ella se hizo el harakiri. Ni acción directa, ni sindicalismo duro; intermediación gubernativa y triunfo patronal. Durante 1979 las desfederaciones, expulsiones y disoluciones de sindicatos se sucederían sin interrupción; las luchas de fracciones no conseguían ocultar que la apuesta giraba en torno a las elecciones y a la mediación burocrática declarada. Casos como el de la FIGA (el vanguardismo aventurero), el de Askatasuna (el nacionalpopulismo) o el de los “paralelos” (el oportunismo sindicalero), pusieron de relieve el grado de descomposición alcanzado, especialmente el de estos últimos. En un clima de reflujo no funciona más sindicalismo que el burocrático. Para los paralelos --y para electoralistas en general-- se trataba de incorporarse a la dinámica sindical dominante y jugar el juego de UGT y CCOO so pena de marginarse y quedar fuera no sólo de los tratos con los empresarios y el gobierno, sino de las subvenciones y ayudas oficiales. Ese fue el quid de la cuestión que se dirimió en el autoproclamado quinto Congreso, celebrado en diciembre de 1979 por una escuálida CNT que no representaba a más de treinta mil afiliados. Triunfó la ideología arcaica y las minorías reformistas fueron encaminándose, las unas, hacia los sindicatos “mayoritarios”, y, las otras, hacia la reconstrucción de una segunda CNT obrerista del mismo pelaje. Y con el tiempo, salvando los pequeños círculos fieles a la ideología clásica que conservaron la propiedad de las siglas y ampararon bajo ellas una actividad muy limitada, la masa de militantes bien se retiró hacia lo privado, bien acabó en el redil de un sindicalismo burocrático, impotente y entreguista que supuestamente había jurado combatir.


Si las aventuras de la ideología fueron trágicas en el pasado, en el periodo de la “Transición” adquirieron visos de auténtica farsa. En esta ocasión el anarquismo y el anarcosindicalismo no reaparecieron como pensamiento y práctica del movimiento revolucionario de la clase obrera anterior al franquismo, sino como una mistificación primaria, un chou a menudo cómico cuya función por supuesto no era traer a colación las enseñanzas de antiguos combates, sino colaborar, paseando por el wild side, en la modernización capitalista. El contraste entre la práctica de la clase obrera hasta 1977 y una teoría revolucionaria casi ausente, o sea, una “expresión general y nada más del movimiento histórico real” apenas esbozada, favorecía el desarrollo de la ideología y de la burocracia. Ambas extraían su fuerza de la imagen de un pasado revolucionario con sus contradicciones tan bien disimuladas como las alienantes condiciones de existencia de las clases trabajadoras en el presente. En tanto que refuerzo de la mentira dominante fomentaron un sindicalismo parlanchín y una ridícula moda contestataria. Los restos del proletariado radical fueron vencidos por segunda vez allí donde creyeron poder rehacerse. La CNT cumplió ese poco glorioso segundo papel que le concedió la historia, pero no recibió la paga de los traidores. El ciclo de la burocracia obrera terminó con la derrota del proletariado asambleario y el copo de la representación espectacular por amarillistas profesionales. Los acuerdos marco y el Estatuto de los Trabajadores proscribieron la solidaridad y las asambleas, eliminando incluso la posibilidad de una acción semiautónoma disimulada tras los comités de empresa, forma de burocracia sindical primeriza e imperfecta. En lo sucesivo no cabría espacio más que para el sindicalismo neovertical de “cocos” y ugetistas. Las escasísimas transgresiones de las reglas que se sucedieron no modificaron el deplorable panorama de la resignación y la sumisión. Como consecuencia de tan tremenda debacle la ideología en todas sus variantes quedó de nuevo en entredicho; la memoria se puso en blanco y tanto la reflexión teórica como su praxis hubieron de atravesar un largo desierto –una especie de segundo exilio-- para conectar de nuevo con la realidad y la historia.

MANUEL ALVAREZ PALOMO, UNA BIOGRAFIA MILITANTE

MANUEL ALVAREZ PALOMO, UNA BIOGRAFIA MILITANTE

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la politización del anarcosindicalismo español y sus relaciones con el poder: anarquistas en el gobierno de francisco largo caballero



Este blog se centra especialmente en hechos culturales que de uno u otro modo han tenido especial relevancia en la historia del siglo XX (y XX), así como en aquellas actitudes estéticas que han producido y siguen ocasionando momentos para celebrar que la cultura, en cualquiera de sus manisfestaciones, puede darse en las esquinas, en los cenáculos y palestras oficiales, en los subterráneos y garajes, en el metro o en las escalinatas de un museo. Dentro de ese cómputo, no he atendido excesivamente a la realidad política. En esta ocasión, con este post, me limito a hacer el recorrido por uno de los pasajes fundamentales de principios de la Guerra Civil. Esa realidad debería observarse también desde los objetivos de una historia social del siglo XX, en España. Incluso para comprender el arte del cartel durante ese periodo conviene contextualizar los hechos estéticos, la relación entre ideología y estética, la importancia que adquirió la publicitación de los hechos político-sociales. Con todo, vaya por delante que no hay en ello maniqueísmo ni otras voluntades de redirigir posiciones ideológicas.

 http://carnabys.blogspot.com/2007/10/la-politizacin-del-anarcosindicalismo.html

Atención: nuevas definiciones sobre anarcosindicalismo

Juan Gómez Casas
Extraído de "Solidaridad Obrera" nº 128 (especial VI Congreso)
Al abordar este tema con objetividad, pero con preocupación, deseo referirme a los análisis desarrollados por José Bondía en el nº 72 de "CNT" correspondiente al mes de marzo. Movido por un afán de coherencia en la argumentación, quiero referirme a ese párrafo en que el compañero afirma que muchos olvidan, o desconocen, "Que el mismo concepto de anarcosindicalismo entraña una neta contradicción al tratar de conjugar dos conceptos cercanos al antagonismo: el sindicalismo, necesariamente reformista e integrador, y el anarquismo, necesariamente revolucionario y trascendente". Por esta razón, dice el compañero, la acción social o sindical de la CNT y su propia existencia se desarrolla en la frontera entre lo reformista y lo revolucionario, entre lo integrador y lo trascendente respecto al sistema. Se deduce así que el anarcosindicalismo por su propia realidad constitutiva tendrá dos fuerzas impulsoras, dos naturalezas en lucha susceptibles de inclinarse del lado del reformismo o del revolucionarismo. Habría una lucha del "bien y del mal" dentro de la CNT. El razonamiento del compañero es una elucubración. Este olvida, o desconoce, y éstas son las consecuencias de no leer historia, que la proyección directa de anarquismo en el movimiento obrero por medio de asociaciones, primero y luego de sindicatos, creó el sindicalismo revolucionario. Esto es lo que ocurrió con la Primera Internacional en España en 1870, primer congreso obrero celebrado en Barcelona. Allí, el anarquismo hecho ya asociación obrera, se decantó por la federación de libres asociaciones de obreros como fórmula de sustitución revolucionaria al Capitalismo y al Estado. El sindicalismo revolucionario de la vieja CGT francesa sirvió de pauta, junto con los antecedentes y las experiencias históricas de la Internacional, para la creación de la CNT española.